Comer flores. Suena extraño pero no lo es tanto. Comemos flores desde tiempos inmemoriales. Aromatizan vinos, licores e infusiones; decoran tartas, alegran salsas, ilustran ensaladas y son remedios bien conocidos por la medicina tradicional. Las flores han sido parte de la dieta humana desde siempre. Sin embargo su uso culinario pasa de puntillas ante el gran público. Comer flores, y mucho más cocinar con ellas, sigue siendo considerado una excentricidad. Si es Ferrán Adriá, uno de los cocineros de vanguardia, el que hace alabanza de su uso en la cocina, el gran público siente confirmadas sus sospechas, y hay quien no puede sustraerse a pensar, como haría el viejo amigo Obelix: “están locos estos cocineros”.
Las flores en la Edad Antigua
Pero comer flores no es tan raro. ¿Quién no ha comido nunca una alcachofa? La alcachofa, también llamada alcaucil, no es otra cosa que la flor de la alcachofera, ya degustada en tiempo de griegos y romanos, que le otorgaban cualidades afrodisíacas. Los propios romanos empleaban rosas y violetas para aromatizar sus vinos, que recibían el nombre de néctar una vez se mezclaban con miel y fragantes flores, y comían malvas y flores de granada en ensalada. Los recetarios de la gastronomía clásica están sembrados de flores cuyos nombres son evocadores inmediatos de lugares y sabores exóticos.
El empleo del jazmín, el hibisco, la rosa o la flor del naranjo ha sido común en las cocinas de China, India o Al Andalus. Para la espiritualidad oriental cada flor representa un valor superior. En Japón se celebra la fiesta del Hanami a principio de cada primavera. En ella los cerezos son venerados por su efímera delicadeza y sus hojas son consumidas con delectación. Lo mismo sucede con la flor de loto, relacionada tanto con Buda como con Nefertiti. Los egipcios representaban a su emperatriz recostada en una flor de loto. Los budistas dicen que a cada paso de Buda, nacía una. En la gastronomía andalusí las flores del azahar y del jazmín son ingredientes comunes en la repostería. En el Mediterráneo se ha comido desde
siempre la flor de calabazas y calabacines, tanto frita como rellena. La relación de la gastronomía mexicana con este delicado ingrediente vegetal también tiene enjundia:
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