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La alimentación orgánica,
una inversión en salud
Hace diez mil años el ser humano cazaba y recolectaba para su supervivencia. Nuestros ancestros encontraban en las plantas y animales todo lo necesario para vivir y, al depositar los restos orgánicos sobre el suelo, el ciclo volvía a empezar.
Fuente foto: ©stock.xchng.com
Muy pronto comprendieron que no hacía falta cambiar constantemente de ubicación para sobrevivir naciendo así el sedentarismo y la agricultura. Y con ella, también los pesticidas.
Por Laura Chacón Colaboradora
redaccion@elmercadoecologico.com

Fue en 1850 cuando llegó al mercado el primer pesticida químico. Diez años más tarde la producción de estos materiales en Estados Unidos pasó de 200.000 a dos billones y medio de toneladas al año, una cantidad que se duplicaría al hablar a nivel global, y que continuó hasta 1983.

Pese a que la industria agrícola se empeña en sostener que los contenidos químicos son mínimos, hoy en día queda más que demostrado que esas cantidades residuales en los alimentos que consumimos tienen un efecto nocivo en la salud humana. Podemos encontrar pesticidas altamente tóxicos para el organismo en cantidades mucho mayores a las que pretenden hacernos creer, sustancias que se han relacionado con la aparición de cáncer, problemas del sistema inmune y otras muchas enfermedades crónicas. Y, además, esos tóxicos no desaparecen simplemente lavando los alimentos con agua.

Los pesticidas y la salud

Los primeros indicios de una intoxicación por pesticidas son tan generales como dolor de cabeza y abdominal, debilidad o fatiga. Son síntomas que pueden aparecer con innumerables enfermedades, lo que dificulta enormemente su diagnóstico. Aparte de estas dolencias menores, pacientes con exposición crónica a ciertos pesticidas pueden presentar daños en el sistema nervioso e inmunológico o en el cerebro –según un informe de la Unidad de Pediatría Ambiental de Murcia en 2004-. Y si, además, sumamos los antibióticos y las hormonas que se aplican a los animales para su rápido engorde –que encontramos sobre todo en la carne vacuna y de pollo- las posibilidades de intoxicación aumentan exponencialmente.

Aproximadamente 75% de los pesticidas que se producen en el mundo anualmente se aplican en el hemisferio desarrollado, pero según un informe conjunto publicado por la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) y la Organización Mundial de la Salud (OMS) (2004) el 99% de las muertes causadas por estas sustancias tiene lugar en los países en vías de desarrollo.

Allí donde escasean las medidas de seguridad, la higienización de los alimentos, las normas de etiquetación, la alfabetización y el conocimiento de los efectos nocivos de estas sustancias, es donde la proporción de intoxicaciones por pesticidas aumenta.

Los trabajadores agrícolas y las poblaciones que circundan los terrenos agrestes son uno de los grupos que presenta unos niveles más altos de exposición a estos productos químicos. En estas poblaciones de alto riesgo se ha evidenciado la relación entre linfomas y sarcomas de tejidos blandos con ciertos herbicidas, así como el cáncer de pulmón se ha asociado con la exposición a insecticidas.

Y no sólo esto, sino que los pesticidas se encuentran cada vez bajo una mayor sospecha de ser causa de esterilidad en los varones, tanto humanos como de ciertas especies animales. Un estudio realizado en varios países europeos asegura que en las últimas cinco décadas el número de espermatozoides se ha reducido a la mitad –de 113 millones por mililitro de media se ha pasado a 66 millones- y su movilidad es cada vez menor y más torpe.

En España un estudio de 2008 liderado por el Institut Marqués asegura que más de la mitad de los hombres españoles de entre 18 y 30 años presenta un semen de calidad inferior a lo que la Organización Mundial de la Salud considera normal.

También hay que tener cuenta el peligro especial que corren los niños. Si los comparamos con un adulto, ellos respiran más aire y consumen más alimentos en proporción al tamaño de su cuerpo, por lo que aumenta su exposición. Además, muy frecuentemente se encuentran en mayor contacto con superficies contaminadas debido a que se hallan más cerca del suelo, donde se acumulan los residuos de los pesticidas. Por otra parte, como sus órganos se encuentran aún en desarrollo, no tienen la misma capacidad de descomponer algunas sustancias químicas con que cuentan los adultos.

Un estudio de la Universidad de Liverpool llegó a la conclusión en 2004 de que aun en concentraciones bajas, los productos químicos pueden aumentar el riesgo de desarrollar cáncer, especialmente en cuanto a niños y jóvenes se refiere. Además, la investigación subrayaba el riesgo que corren los bebés, ya que su desarrollo puede verse afectado por los contaminantes incluso desde el vientre materno y durante la lactancia, por lo que pueden desarrollar una tendencia inusual al desarrollo del cáncer a lo largo de su vida.

Múltiples alternativas

Pero el uso de pesticidas no es inevitable. Las alternativas pasan por múltiples opciones entre las que encontramos los controles biológicos –mediante feromonas o pesticidas microbianos- o prácticas de cultivo, tales como el uso de policultivos, la rotación de cosechas o las llamadas “cosechas trampa”, que consisten en atraer a las plagas hacia otros terrenos para que no ataquen al cultivo principal. Pesticidas
 
Fuente: ©stock.xchng.com
También se pueden emplear medidas mecánicas para sustituir a las químicas. El uso de agua caliente en lugar de pesticidas puede ser casi igual de efectivo a la hora de terminar con los pulgones.

Más costosa tanto económica como temporalmente es la alteración del ciclo biológico de los insectos mediante la esterilización de los machos y su posterior liberación. Esta técnica ya se empleó en 1958 contra el gusano barrenador de ganado. Posteriormente este mismo sistema se pondría en práctica con otras especies como la mosca del Mediterráneo, la mosca tsetse y la polilla Lymantria dispar.

Dignos de mención son también los pesticidas alternativos, que pueden ser tan efectivos o incluso más que los tradicionales. Un ejemplo claro de ello es Indonesia, donde los agricultores redujeron el uso de pesticidas en las plantaciones de arroz aplicando el Manejo Integrado de Plagas (MIP), estrategia promovida por la FAO que se introdujo en la década de los 80 en busca reducir el uso de pesticidas para evitar que las plagas desarrollen una mayor resistencia a ellos y dejen de ser un riesgo también para el ser humano. En contra de lo que se pueda creer, la producción de arroz aumentó y las autoridades de Indonesia ahorraron más de 120 millones de dólares anuales de subsidios para plaguicidas.

Ahora sólo nos queda escoger entre apostar por una mayor productividad y una enorme garantía de abastecimiento alimentario o garantizar la salubridad y seguridad de los alimentos
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