EDITORIAL Atasco inaceptable A pesar del anuncio del Gobierno, la norma de transgénicos no llega. Urge romper el oscurantismo de las multinacionales
La Comisión de Medio Ambiente del Congreso acaba de rechazar, con los votos del PSOE y el PP, una propuesta de ICV para declarar España Zona Libre de Transgénicos. Este rechazo, en el principal productor europeo de alimentos modificados genéticamente llama más la atención si se considera que tres años después de que el Gobierno lo anunciara, no llega la norma que debe regular la distancia necesaria para cultivar plantas modificadas.
La Península, con 100.000 hectáreas de maíz transgénico, es país de la UE que más superficie dedica a este cultivo.
El Plan Nacional de Supervisión está encallado. No es lo que ocurre en otros diez países europeos, encabezados por Holanda y Luxemburgo, que sí han regulado sus plantaciones.
Los organismos modificados genéticamente (OGM), comúnmente conocidos como transgénicos, son aquellos que incorporan un gen de otra especie (habitualmente una bacteria) para adquirir una propiedad de la que originariamente carecen. En el caso de la especie de transgénicos más utilizada en la Península, el maíz Mon 810, una bacteria le confiere la resistencia a una plaga, el taladro, de la que por sí misma carece.
El Plan español de Supervisión encalla. No es lo que ocurre, por ejemplo, en los Países Bajos
El debate, sin embargo, nace viciado por años de oposición frontal por parte de las organizaciones ecologistas nacionales, que cuestionan los supuestos riesgos que derivaría su consumo sobre la salud.
Sin embargo, ha sido la escritora y periodista francesa, Marie-Monique Robin, quien ha avivado recientemente la polémica acerca de estos alimentos. En su exhaustivo y concienzudo ensayo El mundo según Monsanto (Península), que se acaba de publicar en España, la reportera desgrana los detalles de las prácticas de la empresa Monsantos , que vende nueve de cada diez semillas de plantas modificadas genéticamente que se comercializan en el mundo. En su reportaje de 500 páginas, Robin cuestiona, entre otras plantas, el maíz alterado genéticamente. En Francia está prohibido su cultivo; en España no.
Son plantas clónicas, idénticas entre sí; poco compatibles con la biodiversidad necesaria
Diez años después del inicio de su comercialización, no hay estudios que demuestren su supuesto riesgo para la salud. Aunque sin estas pruebas, no parece que en los países que más los han utilizado (EE UU, Argentina, Brasil) hayan desarrollado nuevas enfermedades derivadas de su consumo.
Sí parecen claras, sin embargo, sus consecuencias medioambientales. Los transgénicos son especies clónicas, genéticamente repetidas e idénticas entre sí, con el fin de salvaguardar la nueva propiedad recién adquirida. Este principio de repetición parece poco compatible con la conservación de la biodiversidad, que es indispensable para crear ecosistemas agrícolas sanos, que sepan defenderse por sí mismos, de los ataques de las plagas.
Nadie hasta el momento parece capaz de asegurar que una planta que resiste el ataque del taladro, no sucumba a un segundo insecto, cuya presencia no se tuvo en cuenta. La diversidad genética sí favorece, sin embargo, que los cultivos, en conjunto, sean más resistentes.
Tres de cada cuatro consumidores europeos rechazan los transgénicos
Los transgénicos no sólo cuentan con la oposición de los ecologistas. Tres de cada cuatro consumidores europeos los rechazan. No obstante, gran parte de los perjuicios que rodean su uso ha sido generado por la opacidad practicada por las multinacionales.
Para romper con este oscurantismo es necesario exigir que se regule su cultivo. También instar a las empresas a mostrar mayor transparencia.
La comercialización y cultivo de los alimentos transgénicos debe basarse en el principio de precaución y en la buena aplicación del rigor del conocimiento científico. Como cualquier otro alimento.